Lidia- Cómo aceptar las emociones
¿Qué hacer con las emociones cuando sentimos que vivimos en una montaña rusa? ¿Cómo gestionar la rabia y canalizarla de forma saludable? ¿Cómo permitirnos sentir la tristeza sin quedar atrapadas en ella?
Lidia llegó a consulta con una demanda muy clara: tenía problemas con su madre y necesitaba resolverlos de una vez. Sin embargo, había algo importante: no quería pasarlo mal en el proceso.
Tenía 28 años y era una persona especialmente sensible. A lo largo de su infancia, marcada por diversas experiencias difíciles, había aprendido muy pronto a desconectarse de sí misma, de su cuerpo y de sus emociones. Había construido una máscara de fortaleza y aparente felicidad que la protegía del dolor.
La disociación emocional: un mecanismo de defensa
Su cuerpo reflejaba esa historia: rigidez, tensión constante, migrañas frecuentes y bruxismo. El vínculo terapéutico no fue inmediato; el contacto con ella era distante, frío, y acceder a su parte más vulnerable suponía un reto.
Cuando una persona atraviesa situaciones adversas sin contar con los recursos necesarios para gestionarlas, es habitual que aparezcan mecanismos de protección como la disociación. Este mecanismo permite a la persona desconectarse de su experiencia interna para poder sobrevivir. Así, puede atravesar momentos difíciles sintiéndolos como si ocurrieran en tercera persona, como si fueran escenas de una película. Es, en muchos casos, una respuesta necesaria ante el trauma.
Señales de desconexión emocional
Lidia llevaba años funcionando así. No conectaba con emociones como la rabia, la tristeza, el dolor o incluso la alegría. Había lagunas en su memoria y, en ocasiones, al mirarse al espejo, sentía que no se reconocía.
El papel del cuerpo en la gestión emocional
El objetivo del proceso terapéutico fue acompañarla a reconectar con su cuerpo y sus emociones, para poder integrar su historia y comenzar a vivir con mayor presencia. Deseaba sentir alegría, placer y bienestar, pero debido a que se sentía desconectada de sí misma, era imposible.
El trabajo comenzó por lo más básico: volver al cuerpo. Observar sensaciones como el frío, el cansancio, la tensión o la calma. Aprender a mirar hacia dentro desde la aceptación, con cariño y amabilidad.
Poco a poco, avanzamos hacia la identificación y el reconocimiento de las emociones básicas: alegría, tristeza, miedo, rabia, vergüenza y asco.
Con el tiempo, Lidia empezó a reconocer cómo le afectaban las situaciones cotidianas: la rabia ante los juicios de su madre, la tristeza por la pérdida de un amigo, o el miedo y la ansiedad ante situaciones sociales.
Permitirse sentir: el camino hacia la regulación emocional
A lo largo de las sesiones, fue aprendiendo a permitirse sentir, incluso cuando las emociones resultaban incómodas. Recuperar la conexión con su cuerpo también implicó conectar con dolor del pasado que había permanecido disociado durante años. Fue necesario atravesar ese “túnel” para más adelante poder sentir calma y equilibrio.
Las emociones forman parte del ser humano. Tienen una función y un sentido. Por eso, cultivar una actitud de amabilidad y apertura hacia ellas es fundamental.
Volver a sentir, aunque a veces resulte difícil, es volver a la vida. Es recuperar la capacidad de vivir plenamente. Cuando nos anestesiamos emocionalmente, no solo evitamos el dolor, sino que también nos alejamos de una parte esencial de la experiencia.
¿Te cuesta conectar con tus emociones?
¿Te cuesta permitirte sentir? ¿Te da miedo hacerlo o no sabes por dónde empezar?
Si es así, puedo acompañarte en este proceso :)